Re: La Biblioteca (L - Z)
#50 
28/10/2011 - 00:46
Os dejo continuación. Hoy necesitaba escribir algo así, aunque no ha quedado ni mucho menos como yo quería. Este tipo de escenas no son lo mío, pero bueno....
-DEUDAS COBARDES Y VÍCTIMAS (8º)
Los diez minutos que hubo de permanecer esperando a las puertas de la iglesia se le hicieron interminables. Sentía el corazón aporreando su pecho y le costaba prestar atención a todos aquellos que se acercaban a felicitarlo. Oía a su madre y a sus hermanos conversar, pero no escuchaba. Sus pensamientos no obedecían a su voluntad y por su mente pasaron los recuerdos de aquellos últimos y tan revueltos meses. Sintió el tacto de unos labios mientras el dolor le martirizaba la cabeza el día que despertó tras la paliza de los secuaces de Pardo. Y luego aquella negrura infinita. No podía distinguir el día de la noche y se sintió morir. Su vida ya no tenía sentido,y la pena se apoderó de él. Una tristeza tan grande que le hizo rechazar a la mujer que había amado toda la vida, pensando que sólo le tenía lástima. Fueron muchas más las lágrimas que derramó el día que la rechazó, que todas las que había vertido antes.
Intentó levantar un muro protector, pero ella lo derribó aquella mañana en la que las tretas de Pepa y Raimundo le llevaron a desahogarse, sin sospechar que Emilia pudiese estar escuchando. Aun podía recordar sus manos agarrándole el rostro, su eterno olor a lavanda y sobre todo, aquellas palabras. “Alfonso Castañeda, ¿quieres casarte comigo?”. Intentó negarse con gestos, pero ella lo obligó a callar, como hacía siempre. Sólo que en vez de reproches de su boca salieron palabras de amor. Y las piedras de aquella muralla que no lograron derribar las argumentos,las derribó con sus besos y sus caricias hasta que consiguió arrancarle un sí. Por eso, él estaba allí, en el atrio de la capilla, del brazo de su madre y su hermana,esperando a que Emilia llegase junto a un ogulloso Raimundo. Vendería su alma al diablo por poder contemplarla, aunque fuese sólo durante un segundo. Seguramente sería la novia más hermosa de toda la comarca, aunque él no pudiera verla.
Pero sí pudo sentir aquella mano que agarraba la suya para ayudarlo a caminar hacia el altar. Como pudo sentir sus labios cuando por fin don Anselmo dio por terminada la ceremonia. Lo que ocurrió entre ambos momentos, el sermón del párroco, los votos y las promesas, las alianzas, alguna que otra chanza de su hermano Ramiro, el llanto mal disimulado de Mariana, el sonido de la cámpanas, todo quedaba en una nebulosa imprecisa. Y lo mismo ocurrió con el banquete. Percibía la música, las risas y la algarabía, el olor de las viandas, el ruído de los vasos al brindar, las felicitaciones, los abrazos. Pero por momentos tuvo la sensación de que no era realmente él el que estaba allí y se dejó vencer por los temores, temores que se disipaban cuando sentía la mano de su mujer agarrando la suya.
El día estaba llegando a su fin. Eran ya pocos los invitados que quedaban en la taberna mientras las mujeres se afanaban en recoger todo, incluída Emilia, incapaz de dejar el mando de su cocina a nadie que no fuera ella misma. Alfonso estaba cansado y le pidió a Sebastián que lo ayudara a llegar hasta el cuarto que a partir de esa noche se convetiría en su hogar.
-Bueno, ya hemos llegado. ¿Seguro que no necesitas ayuda?
-No te preocupes, estoy bien. Sólo quería descansar un poco, que hoy ha sido un día de muchas emociones.
-Ni que lo digas-sonrió Sebastián.-Sabes, me alegro mucho de que te hayas convertido en mi cuñado. Estoy seguro de que mi hermana no podría haber encontrado hombre mejor que tú.
-Yo no estaría tan seguro….
-No digas tonterías. He visto como la quieres, mejor dicho, sé que la has querido siempre, que has estado a su lado, que eres capaza de anteponer su felicidad a la tuya…….y ya está bien, que nos vamos a poner sentimentales y hoy es un día de celebración. Sólo espero que seais muy felices, los dos.-Le dio un abrazo antes de dejarlo sólo en la habitación.
Rodeó la cama con cuidado, a tientas, tratando de memorizar cada objeto, y se sentó en el lado izquierdo. Sentía que le faltaba el aire. Se quitó el corbatín y se soltón el primer botón de la camisa sintiéndose aliviado. Sonrió para sus adentros al pensar en como se chancearía Ramiro si lo viera así de nervioso. Casí lo podía oír. “Mira tú, mi hermano, Alfonso Castañeda, que no se arredraba ante nada, hecho un flan en su noche de bodas”. Ni siquiera se había atrevido a soñar con aquel momento y ahora estaba allí, esperándola, asustado, preocupado.
Se levantó, se acercó a la ventana y buscó un recuerdo agradable que lo ayudara a calmarse. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no la oyó llegar. Hasta que sintió sus brazos rodeándolo desde atrás y su boca en su espalda.
-Por fin-le susurró ella.
Permaneció en silencio. El miedo le atenazaba las entrañas.
-¿Qué te ocurre?-le preguntó obligándolo a girarse y quedar frente a ella.
-Tengo miedo.
-Y yo que pensaba que éramos las mujeres las que llegabamos asustadas a la noche de bodas-bromeó mientras el acariciaba la mejilla.
-Tengo miedo de no poder hacerte feliz-musitó.-Si ni siquiera puedo verte….
-Cállate-le mandó mientras lo besaba.-No puedes verme, pero puedes olerme, ……….besarme,…….tocarme.
En aquel instante Emilia guió sus manos con las suyas haciéndole recorrer su cara, su cuello, el contorno de su cintura, su pecho. Él se sintió estremecer al intuír su piel bajo el vestido y la atrajo hacia si, para besarla. Y el sabor de su saliva logró que el miedo desapareciera de repente.
No podía recordar los detalles de la ceremonia en la iglesia, ni lo acontecido durante la celebración en la taberna. Pero en su memoria quedaron grabados a fuego todos y cada uno de los minutos de aquella primera noche juntos.
Jamás podría olvidar la ansiedad al desvestirse el uno al otro, la emoción de poder acariciar aquella piel tantas veces soñada, el tacto de los dedos de ella sobre su espalda, el olor a lavanda de su cuello. Y el sabor de su cuerpo. Por momentos le supo a sal, mientras escuchaba como ella le susurraba. Y cuando la oyó gemir el sabor se tornó húmedo y dulce y supo que todos los sufrimientos que había padecido a lo largo de la vida habían valido la pena. No importaban las penurias y la estrecheces, las horas deslomándose en los campos, los celos que una vez lo corroyeron, los golpes de aquellos desalmados. Ni siquiera importaba la oscuridad de sus ojos si la tenía a ella y cada noche se podía perder en su interior.
Lo que no pudo recordar fue el momento en que se quedaron por fin dormidos. Sólo que al despertar abrazado a su mujer pudo distinguir un rayo de luz que entraba por la ventana.
(Continuará)