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Foro El secreto de Puente Viejo

El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.

El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.

 
El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#0 28/11/2012 - 12:11


PRÓLOGO

Sentada en el alféizar de la ventana contemplaba aquella fría mañana. Se encontraba en su habitación. Sola. Aquella habitación que había sido su casa durante 10 años de su vida. Pensó que pasaría más tiempo en aquel lugar pero ese día todo había cambiado.

La voz de las primeras hermanas, llamando al resto de muchachas a desayunar, retumbaba en sus oídos suavemente. Las oía traquetear por el pasillo. Más de un motor se escuchó de pronto. Miró ligeramente hacia abajo. Los profesores empezaban a marcharse en sus automóviles para regresar a sus hogares.

Unos suaves golpecitos en la puerta de su cuarto la hicieron abandonar la vista del paisaje que se presentaba ante sus ojos. Se puso en pie, recta, alisando su vestido, azul marino y blanco, sencillo pero distintivo de cierto montante económico.

- Adelante. – Su voz sonó suave permitiendo el paso a quién hubiera llamado.

- Ya marcho a casa. – Una joven muchacha, refugiada bajo un delicado abrigo de piel, se acercó a ella. – La Hermana Superiora me ha dicho que ya no vas a volver al internado.

- Así es. Hoy mismo me voy. – Habló sin mucho entusiasmo.

- Seguro que todo sale bien. Ya verás. – Sonrió amable, abrazándola poco después. – Te deseo unas felices fiestas, amiga.

- Y yo a ti. Saluda a tus abuelos de mi parte y dales las gracias por los bombones que me enviaron en mi cumpleaños. – Pidió, tomando las manos de su compañera.

- Lo haré, descuida. – Un nuevo abrazo selló aquel momento. – Adiós.

La joven recién llegada volvió a salir por la puerta, dirigiendo una última mirada al interior antes de marcharse. Una Hermana del internado entró en su lugar, volviendo a interrumpir la paz de la muchacha, que había vuelto a mirar hacia la ventana. Los primeros copos de nieve de aquel día caían, impregnando aún más blanco en los prados.

- Es la hora. – La mujer, vestida con un hábito oscuro, se pronunció pasados unos segundos.

- Lo sé, hermana. – Suspiró, cerrando un instante los ojos y mirando su dormitorio.

En aquel momento, un par de mozos entraron, tomando unas maletas que había junto a la puerta. Desaparecieron con ellas y la mujer de más avanzada edad volvió a pronunciarse.

- ¿Estás lista?

Un leve asentimiento de cabeza sirvió como respuesta. La joven se endosó su abrigo gris y caminó hacia el pasillo seguida de aquella religiosa. Llegaron a la entrada. Pudo comprobar el gélido aire cuando éste golpeó sus mejillas. Se arrebujó más en la calidez de su abrigo. Un toque en su espalda la avisó de que debía subir al automóvil. Negro, situado a escasos metros de la puerta principal del internado.

Junto a la Hermana que la acompañaba, sintió cerrarse la puerta y encenderse el motor. Era hora de volver a casa después de tantos años.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#1 28/11/2012 - 13:18
La luz del sol entró por la pequeña rendija de la ventana que quedaba expuesta a sus radiantes rayos. Estos, pequeños pero intensos, golpearon con fuerza en los ojos de las dos jóvenes que dormían. Aunque no fue el sol lo que terminó de despertarlas.

- ¡A levantarse! ¡Niñas! ¡Arriba! - La fuerte voz de una de las profesas del internado penetró en los oídos de las niñas. - ¿Acaso no me habéis oído? – Entró en el interior del dormitorio, retirándoles la fina sabana que las cubría en sus respectivos catres. – Es hora de desayunar.

- Son las siete de la mañana, Sor Carmen. – La primera muchacha, desperezándose, habló. – Y, además, estamos en pleno verano. ¿No podría dejarnos dormir un poco más?

- Nada de almohada, haragana. – Se negó la religiosa. – Asearos, vestiros y bajad abajo. Os quiero con el resto en media hora, ¿entendido?

- Cristalino, hermana. Cristalino. – Contestó la más vivaracha de ambas jóvenes que se acercó a la cama de su compañera cuando volvieron a quedarse solas. – Es hora de levantarse, Aurora. Hoy es un día muy especial.

- No tengo ganas. – Se pronunció al fin, incorporándose.

- Nunca tienes ganas, amiga. – Sonrió con tristeza. – Hoy cumples 16 años. Deberías estar henchida de dicha. No todos los días se cumplen años.

- No es un día de alegría, Elena. – Seria, se levantó de la cama, dirigiéndose a la cómoda. – Hoy yo cumplo años y mi madre también pero, precisamente, no de la misma manera.

- Tu empeño en estar siempre como alma en pena no resuelve nada. – Alcanzó a Aurora, situándose a su lado mientras se peinaba el cabello. – Anda, déjame a mí. – La joven le arrebató el peine. – Tienes un pelo precioso.

- Siempre me han dicho que era como el de mi madre. – Respondió triste.

- ¿Otra vez? – Elena suspiró resignada. – Aurora, comprendo que la eches de menos y que te cause dolor no haber tenido la oportunidad de conocerla pero han pasado muchos años. Lo mejor es que recuerdes las cosas buenas que te contaron de ella. – Le aconsejó.

- ¿Cosas buenas? – Preguntó, casi ironizando su tono de voz. – Nunca me han contado cosas buenas de ella. Ni buenas, ni malas. Apenas sé cuatro cosas y no precisamente por mi padre.

- ¿Por qué no le escribes? Seguro que vuelve a mandarte algún regalo. Podrías escribirle algo y preguntarle por tu madre, siendo hoy el día que es. – Dejó el cepillo sobre la mesita, colocando después sus manos en los hombros de su amiga.

- Mi padre no me quiere, Elena. – Concluyó.

- Eso no es cierto, Aurora. ¿Cómo no te va a querer tu padre? – Se apartó de ella, poniendo los brazos en jarra. – Eres su hija.

- Una hija a la que manda a un internado para no tenerla cerca. – Meneó la cabeza. – Si me manda regalos es para limpiar un poco su amarga conciencia. Nada más.

- Aurora…

- Déjalo. – La cortó, dirigiéndose al armario. – Si seguimos de cháchara, Sor Carmen nos terminará llamando la atención por llegar tarde.

Elena se ahorró sus últimas palabras para su amiga, dirigiéndose también hacia el armario. Ambas se prepararon con su vestidos más cómodos. Aurora dejó su pelo suelta, apenas recogido con un pasador plateado. Su amiga optó por una diadema que apartó de su pálido rostro su media melena pelirroja.

- ¿Bajamos? – Preguntó Elena. – Me gustaría darte algo antes de desayunar.

- ¿Qué cosa?

- Es una sorpresa. – Dijo curiosa.

Ambas jóvenes sonrieron y se dirigieron hacia la cocina. Aún tenían un par de minutos antes de que comenzara el desayuno. La cocinera, también religiosa, las recibió sonriente. Aurora tuvo que girarse, dándole la espalda a su amiga por mandato de ésta misma. Poco después, un pequeño toque en su costada, que le provocó unas terribles ganas de reír, la hizo girarse de nuevo. Elena tenía una caja entre sus manos.

- Feliz cumpleaños, Aurora. – Recitó graciosa.

- ¿Bombones? – Interrogó tras abrir la caja – Chocolate, trufa, almendra, naranja… ¿Cuántos sabores hay? ¿Los habidos y por haber? – Bromeó.

- Me alegro de haberte arrancado una sonrisa. – Confesó Elena. – Me los mandaron mis abuelos. Les escribí pidiéndoselos hace un tiempo. Son los mejores del mercado.

- Sean o no los mejores, no me importa. – Miró a su compañera. – Muchas gracias, Elena. Por esto y por quedarte este mes de verano conmigo. Podrías estar disfrutando de unas maravillosas vacaciones con tu familia y te has quedado aquí.

- Seguro que te aburrías con las otras chicas. – Dijo modesta. – Ha sido consideración cristiana.

- Gracias de todos modos. – Repitió sonriente.

La abrazó con fuerza. Ofreciéndole después uno de aquellos bombones y cogiendo ella otro. Los devoraron entre risas justo en el mismo momento en el que una Hermana del internado interrumpió su diversión.

- ¿Qué hacéis que no estás ya en el pasillo? – Preguntó con seriedad. – Todas vuestras compañeras ya están allí.

- Enseguida íbamos, Hermana Visitación. – Habló Elena. – Sólo estaba dándole un regalo a Aurora. Hoy es su cumpleaños.

- Bien lo sé. – Sonrió. – Llevo diez años soportando vuestras risas en mitad de la noche, llenándoos el estómago de dulces cuando deberíais dormir. – Las miró reprochadora. – Anda, id con el resto.

- Enseguida. – Respondieron al unísono.

Elena fue la primera en salir, con la caja de bombones entre sus manos, Aurora la siguió pero la voz de Sor Visitación la detuvo. Se giró seria, temiendo una reprimenda.

- Después del desayuno ven a mi despacho, Aurora. Tengo que entregarte algo que ha llegado para ti. – Le explicó.

Sor Visitación se retiró sin darle tiempo a responder. Aurora regresó con Elena cuando ésta la llamó desde la puerta de la cocina. Deseaba que aquel desayuno fuera eterno y se le juntara con la comida. No deseaba saber qué le habían traído.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#2 28/11/2012 - 16:36
Pepa acariciaba su barriga con ternura. Hinchada, en su ya sexto mes, la pequeña criatura que había en su interior empezaba a hacerse notar. Los primeros movimientos del feto llegaban a ella que, con lágrimas en los ojos, los recibía.

La presencia de Tristán le resultó inadvertida. Tan obcecada estaba en los movimientos de su bebé que poco parecía importarle que el mundo girara a su alrededor. Cierto miedo se apoderaba de ella al pensar que algo malo podía suceder pero, momentos como esos, le hacían olvidar cualquier mal. Fue durante esos pensamientos cuando Tristán delató su presencia ante ella.

- ¿En qué piensas, mi amor? – Susurró junto a su oído, después de haberse sentado a su lado, besando su cuello con dulzura.

- En nuestra pequeña. – Confesó ella. – Cada día esta barriga es más grande. Y eso hace ver que menos queda para verle la carita.

- Será una niña, seguro. – Sonrió. – Me lo has metido en la cabeza de tal manera que no me creeré que sea un niño.

- No sé yo si es bueno que sea niña, ahora que lo pienso. – Frunció el ceño. – Para chasco y la quieras más que a mí. Aunque no me extrañará porque será lo más bonito del mundo.

- Porque tú ya eres lo más bonito. – Depositó un beso en su sien izquierda. – No podría ser de otra manera esta chiquitina. – Acarició su vientre, percibiendo en ese instante un pequeño golpe.

- ¿Has sentido eso? – Pepa habló emocionada. – Una patadita. Menuda guerrera.

- Como su madre. – Susurró junto a sus labios, besándolos con inmenso amor.


Una lágrima resbaló por la mejilla de Tristán cuando las voces de un par de labriegos que cruzaban cercanos a la ventana de su improvisado despacho, lo sacaron de sus pensamientos. Admiró con adoración el anillo de casado que nunca había retirado de su mano.

Limpió su rostro lleno de lágrimas cuando sintió unos pasos acercarse. Respiró hondo, tratando de recomponerse tras aquel instante sumido en sus recuerdos. Rosario hizo acto de aparición con cautela, dedicándole una mirada, mezcla tristeza y consuelo. Tristán no necesitó más para sentirse arropada por su fiel compañera.

- ¿Crees que le habrá llegado ya? – Preguntó él.

- No lo sé, señor. Supongo que sí. – Rosario tomó asiento. – Enviamos aquella pequeña caja hace unos días. De seguro que ya llegó al internado y Sor Visitación se lo dio a la niña.

- Esa mujer es muy buena con ella. – Susurró apenado. – Más de lo que yo puedo serlo.

- Usted no es malo con Aurora, señor. Es sólo que…

- Nada, Rosario. – Lo interrumpió, meneando poco después la cabeza. – Dudo mucho que mi hija quiera cuentas conmigo y bien merecido lo tengo. Le he faltado como padre y lo sigo haciendo. Me siento mal por ello pero, sin embargo, no hago nada para remediarlo.

- Seguro que se sentirá muy dichosa de recibir esas líneas suyas y ese hermoso regalo que le envía. Le hará mucha ilusión. – La mirada de Rosario quedó perdida un instante. – Esa niña adora a su madre aunque no haya podido conocerla. Le encantará el detalle.

- No sé si fue apropiado mandárselo después de tantos años. – Tristán levantó de su asiento, paseando meditabundo por la estancia. – Tal vez me reproche no haberlo hecho antes.

- ¿Por qué iba a reprochárselo? Lo acababa de encontrar… - Dijo ella, tratando de consolarlo. - ¿Qué le parece si se plantea traerla estas navidades?

- No creo que sea adecuado, Rosario. – Sonrió tristemente. – No sabría ni qué decirle. Ni siquiera sé si sería capaz de mirarla a los ojos.

- Es su hija. – Sus ojos se enrojecieron. – Lleva años sin poder disfrutar de su padre, viviendo con un pequeño recuerdo de su madre. No ha conocido a su abuelo, ni a su prima. Ni tampoco a sus tíos. Un par de cartas le han servido de consuelo. – Suspiró cansada. – Tráigala, señor. Piense que hoy está pasando el día más feliz y el más triste de su vida sin su compañía. ¿No cree que diez años así han sido suficientes?

- Tal vez tengas razón, Rosario. Tal vez. – Volvió sobre sus pasos, tomando de nuevo asiento frente al escritorio, abarrotado de papeles. – Ahora, si no te importa, he de seguir trabajando.

- Como quiera, señor. – Se despidió ella, dando por perdida la batalla.

- ¡Espera! – Alzó la voz, haciendo que ella se detuviera al instante, esperando a que sus ojos volviesen a encontrarse antes de proseguir. – Avísame si llegan noticias del internado.

Rosario dedicó una sonrisa a Tristán. Después, corrió las cortinas que volvían a dejarlo en soledad. Con sus recuerdos.
 
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#3 28/11/2012 - 16:39
Miri fantastico!! sigue cuando puedas!!
 
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#4 28/11/2012 - 16:43
me acabo de leer la historia y me gusta mucho sigue pronto porfii
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#5 28/11/2012 - 17:08
Me alegro que de momento os esté gustando a las primeras lectoras :)

Para empezar a conocer un poco mejor a los personajes, os dejo unas fotos de las actrices que he cogido para situar a los primeros personajes desconocidos que ya han aparecido.

Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#6 28/11/2012 - 19:54
Miri, te felicito precioso
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#7 29/11/2012 - 01:07
Aurora apenas comió nada durante el desayuno. Mientras las jóvenes que aquel verano se encontraban en el internado devoraban hambrientas la primera comida del día, ella parecía resistirse a comer con la misma voracidad. Elena, sentada frente a ella, se percató de su ensimismamiento.

- Cuando comimos ese par de bombones sí parecías hambrienta. – Calló un instante, esperando a que su amiga la mirara antes de proseguir. - ¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes hambre?

- Sí pero no. – Se limitó a contestar ella.

- ¿Podrías ser tan amable de explicarme eso? – Preguntó Elena mientras daba un sorbo a su refrescante zumo de naranja.

- Tengo hambre, sin duda pero no deseo que termine el desayuno. – Suspiró. – Sor Visitación quiere ver después de desayunar para entregarme algo.

- ¿Y qué hay de escalofriante en eso como para que no quieras ir? – Insistió, sin acabar de comprender a donde quería llegar Aurora.

- Seguro que se trata de algún regalo de mi padre y ya estoy harta. – Confesó al fin. – Intenta comprarme o mantenerme medianamente contenta con caprichos. – La rabia empezó a apoderarse de ella. – No quiero regalos, quiero a mi familia. ¿Es tanto pedir?

- Aurora… - Susurró Elena, entristecida tras escuchar sus palabras.

No tuvo tiempo a consolar a su amiga. Aurora ni siquiera siguió fingiendo lentitud en su desayuno. Se puso en pie, sin decir palabra, dirigiéndose hacia su dormitorio pese a las voces de la Hermana que vigilaba a las muchachas aquella mañana. Elena consiguió detenerla con escusas baratas, sabiendo de la soledad que a la joven le hacía falta.

Un portazo fue lo que se oyó en la solitaria tercera planta del internado cuando Aurora, a trompicones, entró en su habitación. Sin más, importándole bien poco arrugar su vestido aquella mañana, se lanzó sobre su cama recién hecha, liberando su alma atormentada. Lloró sin miedo a ser descubierta. Obligada a fingir cualquier escusa. Lloró por toda la rabia que sentía contra aquel Dios que le había quitado a su madre. Contra aquel padre que le había quitado todo lo demás. La ilusión. La libertad. Las ganas de ser niña y no estorbo.

Así pasó la gran parte de la mañana. Llorando a cada rato. Recibiendo unos cuantos regalos que Elena le hizo llegar del resto de sus compañeras. Un vestido, unos pendientes, un perfume, unos zapatos… Todos utensilios que a ella se le hacían imprescindibles y que agradecía enormemente. Sin embargo, se sintió incapaz de darles las gracias personalmente y mandó a Elena en su nombre. Ésta, conociéndola demasiado bien, la dejó en soledad, segura de que nadie interrumpía su paz. Pero su mejor amiga no podía evitar que Sor Visitación, cansada de esperarla en su despacho, terminara por irrumpir en su cuarto.

- Llevo más de una hora esperándote, Aurora. – Fueron las palabras que la religiosa pronunció a su llegada. Encontrándose a la joven sentada sobre el alféizar de la ventana. – Hace un día precioso, ¿verdad?

- Un día como hoy murió mi madre y, a la par, nací yo. – Una solitaria lágrima se apreció con claridad en su mejilla y no pasó desapercibida a la profesa.

- Sabes muy bien por qué quería verte. – Habló, sentándose frente a ella. – Tu padre ha mandado algo para ti.

- No lo deseo, gracias. – Respondió fría. – Con el regalo de mi prima María ya he tenido más que suficiente. Además, mis compañeras del internado también me han hecho algunos regalos. – Explicó, pensando que de esa manera no recibiría aquel presente.

- Yo lo dejo aquí. – Sor Visitación se puso en pie, depositando aquella pequeña caja acompañada de un sobre sobre la cama de Aurora. Después, se giró, volviendo a acercarse a ella. – No llores, niña. – Limpió sus lágrimas con ternura. – Vive ahora que Dios te lo permite que ya tendrás tiempo cuando pasen muchos años de compartir días con tu madre en el Paraíso.

- Sí. Por supuesto. – Dijo sin más, negándose a proseguir sin deseo alguno de ofender a la Hermana con su visión sobre lo que había dicho.

- Te dejo sola. – Concluyó Sor Visitación. Abandonando tan silenciosamente como había entrado el dormitorio.

Pasaron entonces unos largos minutos, con la mirada de Aurora perdida en el horizonte, hasta que sintió que la curiosidad picaba demasiado. Giró su cabeza hacia atrás, mirando ese presente que antes había rechazado. Como rechazaba todos desde hacía años y, sin embargo, todos eran abiertos. Nada pasaba porque abriera también aquel.

Se acercó al catre con lentitud, sentándose poco después sobre la cama. Miró cuidadosamente aquella caja negra y pequeña, con un sobre algo más grande a su lado. Titubeó sobre qué tomar primero y, al final, decidió decantarse por las líneas. Cogió la carta entre sus manos, abriéndola cuidadosamente y sacando de su interior una pequeña nota. Era la letra de su padre.

Querida hija,

disfruta de este presente que te mando cuando jamás pensé que mis ojos volverían a verlo. Tu madre, seguro, hubiera anhelado verlo en tu cuello. Cuídalo con mimo. Un trozo de ella te quedas por siempre.

Te quiere,

tu padre.


Las primeras lágrimas aparecieron sin esperarlo tan sólo con leer aquello. Su madre. Nunca había tenido nada de su madre y pensar que era su padre, precisamente él, quién le mandaba algo de ella, encogía su corazón hasta hacerlo casi invisible.

Encontró valor para tomar aquella pequeña caja ante entre sus manos, queriendo imaginar el contenido antes de abrirlo. Sin más, con suavidad, levantó la tapa hasta que ésta se apartó por completo revelando su interior. Un colgante. De una forma rectangular, con un hermoso borde plateado que adornaba tanto el exterior como el interior. Una pequeña libélula color aguamarina que servía de pieza central. Rematando aquella curiosa joya una cadena plateada.

Aurora jugueteó con aquel regalo entre sus manos. Alzándolo para poder mirarlo con mayor detenimiento. No tardó demasiado en colocarlo en su cuello. Poniendo su mano sobre el mismo cuando lo sintió entrar en contacto con su piel. Se tumbó en la cama, apretándolo con fuerza. Pocos minutos tardó en quedarse dormida, con el rostro envuelto en lágrimas. Con el recuerdo de su madre velando su sueño.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#8 29/11/2012 - 14:35
María esbozaba una bonita sonrisa mientras contemplaba las breves líneas que Aurora le había escrito en aquel telegrama. Ese donde reflejaba su felicidad por el regalo que su prima le había enviado el día de su cumpleaños. Unos hermosos pendientes plateados que ella le había prometido llevar siempre puestos. Su felicidad se tornó de pronto en tristeza cuando anhelo poder darle un abrazo a aquella prima que se le había negado.

Sentada en el salón del Jaral, recuperándose de la terrible gripe que la había acechado por sorpresa, intentaba encontrar de nuevo las palabras adecuadas para dirigirse a su tío. En otro fallido intento por tratar de convencerlo de que, aquellas navidades, Aurora volviera a casa. Pero fue Gonzalo, aquel diácono entrometido que había aparecido poniendo su vida patas arriba, el que interrumpió sus pensamientos, obligándola a abandonar aquella idea por el momento.

- Se te ve mucho mejor. – Contestó el joven, abrumado aún por lo que había ocurrido pocos días atrás, con motivo de la gripe.

- Lo cierto es que ya me siento totalmente recuperada. Lo único que lamento es que mi prima no esté aquí. – Hizo un mohín, entristecida. – Me gustaría poder charlar un poco con ella.

- Hablando de tu prima… - Titubeó el muchacho. – Ya mandé esa carta que me diste para ella.

- Muchas gracias. – Suspiró cansada. – Estoy deseando que le llegue para recibir respuesta. – Sonrió. – En cuanto se entere de que el abuelo Raimundo está aquí se pondrá muy contenta.

Un incómodo silencio se instaló en la sala. Gonzalo sintió la necesidad de hablar de aquel furtivo beso que, entre fiebres de la joven, se habían dado pero su semblante, fijo en una pequeña nota, le hizo callar sobre aquello.

- ¿Qué lees con tanto interés? – Preguntó curioso.

- Un telegrama de mi prima. – Lo miró de nuevo con semblante triste. – Dice que le gustó mucho mi regalo.

- ¿Y por qué te muestran tan apenada? – Siguió indagando, sin comprender sus gestos.

- Porque hace unos días fue su cumpleaños y lo ha pasado sola, sin su familia. Sin ni siquiera poder visitar a su madre porque bien sabes ya que murió el mismo día de su nacimiento. – Explicó María, sin saber el trasfondo que todo eso tenía para él.

- Sí. Lo sé. – Habló nervioso. – Me gustaría conocer a tu prima, la verdad. Hablas tan bien de ella que no dudo que será una chica maravillosa.

- Apenas pude disfrutar unos cuantos años de mi infancia a su lado. Tan poco tiempo fue que creo no recordarla. – Suspiró. – Ojalá volviera. Seguro que todo sería distinto.

- ¿Y por qué no regresa? – Empezó a preguntar Gonzalo. - ¿No viene en época de vacaciones?

- Mi tío Tristán no la deja salir del internado. – Explicó. – Dice que ahí se centrará en sus estudios y no se distraerá con ñoñerías de pueblo. Aunque sinceramente creo que todo esto lo hace por Pepa y por mi madrina.

- ¿Qué tienen que ver ellas en su decisión? – La inquietud de Gonzalo crecía sin pausa.

- Pepa murió y mi prima empezó a preguntar por ella. Mi tío no deseaba contestar y decidió mandarla a estudiar. Según él, para que no se tortura con el pasado. – Mordió su labio inferior, temerosa de confesar su parecer sobre aquello. – En cuanto a mi madrina, mi tío no la quiere cerca suyo así que, por más abuela que sea, menos de Aurora.

- Pero esa niña no merece estar ahí. – Se quejó, poniéndose de pie, sin ser consciente de la extrañeza que su comportamiento causaba en María. – Tiene derecho a estar con su familia, con la gente que la quiere. – Cerró los ojos un instante. – No es justo.

- ¿A qué te alteras tanto? – María se levantó tras él, mirándolo con detenimiento.

- Yo sé lo que es estar lejos de la familia. – Confesó, no siendo del todo sincero. – Imagino que debe estar pasándolo mal.

- Cierto. – María volvió a sentarse, agotada. – Como cada año, intentaré convencer a mi tío para que la traiga estas navidades pero nunca me ha escuchado.

Otro incómodo silencio volvió a instalarse entre ellos. No se vio interrumpido por palabras. Gonzalo se limitó la mirarla, dejándola de nuevo sola mientras pensaba en el destino de la que, en su verdad, era su hermana. Y en el fondo de su corazón sabía que algo debía hacer.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#9 29/11/2012 - 17:48
El ruidoso motor de un impecable automóvil granate irrumpía la paz de los campos madrileños. Dos ocupantes había en su interior. Madre e hijo, uno en frente del otro, con ropas negras, se encontraban en silencio mientras el cochero seguía el sendero pertinente que llevaría a aquella incompleta familia a su destino. Tras unos largos minutos, el joven fue el primero en tomar la palabra.

- Madre, ¿cuándo llegaremos a ese pueblo?

- Cuando haya que llegar. – Respondió seca. – Preguntas demasiado, hijo. Mientras no veas cuatro casas a lo lejos, descuida que aún faltará trecho.

- Sigo sin comprender por qué hemos de marchar allí. – Habló tozudo. - ¿Qué problema había en quedarse en la Capital?

- El problema estaba en el testamento de tu padre. – Explicó, cansada de hacerlo. – Él decidió que su hacienda en ese pueblucho fuera para nosotros mientras tus tíos se encargaban de los negocios en la Capital. – Llevó su mano a la cabeza, masajeando sus sienes. – Quería paz para nosotros y no el ajetreo de Madrid.

- Pero, ¿qué vamos a hacer allí? Yo tengo que proseguir mis estudios y todos mis amigos…

- Déjate de sentimentalismos, hijo. – Lo cortó. – Ya harás nuevos amigos en esa aldea o lo que quiera ser. Si tu padre decidió antes de su muerte que pasáramos allí nuestros años es porque él quería compartirlo también pero no le dio tiempo. – El silencio volvió a reinar en aquel pequeño espacio. – Deja de pensar en qué pasará y céntrate en tus estudios. Tendrás un profesor particular tal cual te dije así que no te preocupes por eso.

- Yo quiero volver a Madrid. Es ahí donde tengo que estar. – Insistió.

- Estarás donde tu padre quiera que estés y, por ende, yo misma. – Le aclaró. – Y ahora deja de levantar la voz, me duele la cabeza horriblemente.

- Como quiera, madre. – Se rindió al fin.

De pronto, un estruendo pareció oírse junto al automóvil. El chófer paró de pronto, obligando a los ocupantes del vehículo a desalojarlo. Aquel final de verano estaba resultando caluroso y, alejados de la sombra del auto pudieron comprobarlo.

- Carlos, ¿qué sucede? – La mujer se acercó a su empleado.

- Es una de las ruedas delanteras, doña Teresa. – Explicó él. – Se ha pinchado. Tardaré unos minutos en repararlo.

- ¿Cuántos? – Preguntó impaciente.

- Poco, señora. Sólo tendrá que esperar una media hora a lo sumo. Si quiere, entre en el coche y se ahorra soportar este calor. – Aconsejó cortés.

- Sí. Eso haré. – Afirmó rotunda dirigiéndose de nuevo al asiento que había ocupado. – Hijo, ¿entras o prefieres contemplar el espectáculo de cambiar un neumático?

- ¿Le importaría que diera una vuelta? – Preguntó sin más. – Media hora es mucho tiempo para mí, madre. Déjeme caminar un poco por estos campos y enseguida regresaré.

- Podrías perderte. - Habló ella, negándose del todo a dejarlo marchar.

- Madre, por favor. – Suplicó él.

- Está bien. – Dijo con desgana. – Con tal de no oír tus peticiones una y otra vez, retumbando mis oídos, haz lo que quieras.

El joven esbozó una sonrisa ante su aprobación y, con paso ligero, abandonó aquel camino donde quedaba su madre para poder explorar aquellos campos. Disfrutaba del hermoso paisaje, de la tranquilidad y el silencio que allí se respiraba. Del dulce aroma a romero y sintió el arroyo de un río no muy lejos de donde se encontraba.

Levantó la vista, intentando ver más allá de un par de metros por si algo interesante llegaban a apreciar sus ojos. Entrecerró éstos cuando percibió un edificio entre el follaje. Ladeó la cabeza no muy convencido de ello, avanzando lentamente para distinguirlo mejor. Tan ensimismado estaba en esa tarea que no vio aproximarse por el lateral a una muchacha que también parecía perdida en sus propias cavilaciones. Ambos chocaron. La joven perdió el equilibrio y la cesta que llevaba entre sus manos cayó sin remedio al suelo, con todas las hermosas flores y hierbas que la acompañaban. Sin embargo, ella logró mantenerse en pie gracias a aquel muchacho que, rápidamente, había logrado sostenerla de la cintura evitando su caída.

- ¿Es qué no mira por donde va? – Preguntó molesta por el encontronazo, zafándose de su agarre en cuanto fue consciente de ello.

- Discúlpeme usted, señorita. – Se pronunció cortés. – No la había visto y tampoco pensé que hubiera nadie por estos caminos. Aún así, perdone mi torpeza.

- Si tuviera algo más de vista, aparte de no arroyarme, sería consciente de que frente a sus narices hay un internado. – Explicó enfadada mientras se agachaba a recoger la cesta con aquellas plantas.

- Me pareció ver algo a lo lejos pero no estaba seguro. – Prosiguió el joven, ajeno por un instante a las acciones de la muchacha. - ¿Qué lleva ahí? – Volvió a mirarla, dirigiendo su mirada a la cesta.

- Son flores y algo de romero. Para llenar de aroma la vida del internado. – Contestó irónica.

- ¿Vive usted ahí?

- ¿Acaso es de su incumbencia? Bastante le he dicho ya. – Sin más, se dio la vuelta dispuesta a marcharse.

- ¡Espere! – La detuvo, poniéndose de nuevo frente a ella. – Mi nombre es Alejandro. – Le tendió su mano, esperando que la tomara.

Ella pareció mirarlo como si se hubiera vuelto loco. Lo apartó de un manotazo y siguió caminando. Él sonrió y corrió tras ella que, al sentir de nuevo su presencia, se giró bruscamente, haciendo que el joven detuviera su andadura.

- Deje de seguirme, por favor. - Su voz sonó amenazante aunque se atisbase una súplica en sus palabras.

- Sólo quiero saber su nombre. Tampoco pido gran cosa. – Dijo, sin borrar la sonrisa de su rostro.

- Aurora. – Se limitó a decir.

- Un placer, Aurora. – Se inclinó caballeroso, tratando de tomar su mano para besarla.

- Adiós, Alejandro. – Concluyó ella, alzándose orgullosa y continuando su camino.

Él continuó con una pequeña sonrisa en sus labios mientras la veía marcharse. La voz de su madre en la lejanía, pidiéndole que regresara al automóvil le obligó sin remedio a regresar aunque una parte de él sintiera curiosidad por seguir a aquella chica.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#10 29/11/2012 - 18:54
A la vista de los dos nuevos personajes, os dejo unas fotos de los intérpretes en los que me he inspirado para plasmarlos.

Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#11 29/11/2012 - 22:28
muy buena historia y la verdad es que Aurora se parece bastante a Pepa
 
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#12 30/11/2012 - 16:31
sigue pronto porfii
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#13 01/12/2012 - 16:56
La mirada azul y penetrante de aquel joven la acompañó en el camino de vuelta. Apenas sintió como la entrada principal del internado se presentaba ente sus ojos. Ensimismada había quedado en esos escasos segundos que había compartido con él. Las voces de algunas compañeras que conversaban por el pasillo la hicieron volver al lugar en el que se encontraba.

Tragó saliva, mirando instintivamente hacia los lados, temiendo alguien hubiera observado su extraña actitud. Sin más, entró en el edificio, dirigiéndose presta hacia el recibidor. Allí, ofreció la cesta con flores y hierbas silvestres a la primera profesa que encontró. Ésta la tomó agradecida, como cada día a la semana que Aurora hacía aquel paseo para recoger algún pequeño trozo de naturaleza.

Subió con prisa hasta la biblioteca, tal vez allí lograra distraerse con algún libro. Se entristeció al no verla vacía pero cualquier apartado rincón le servía para relajarse, en soledad, como siempre acostumbraba a hacer. Apenas si había caminado un poco cuando, en un lateral, junto a una de las grandes ventanas de la estancia, observó a su amiga Elena, leyendo un libro que, donde estaba, le resultaba difícil descifrar. No pudo evitar acercarse, esbozando una sonrisa. Sentándose frente a ella.

- ¿Dónde te has metido? – Preguntó Elena, sin levantar la vista del libro.

- Me entretuve en el campo. – Suspiró, queriendo cambiar de tema. - ¿Y tú? ¿Qué lees?

- El Estudiante de Salamanca de Espronceda. – Contestó, continuando con su lectura. – Es la mar de interesante.

- Ya se ve. – Sonrió. – Ni siquiera me miras de lo ensimismada que estás en él.

- ¿Qué pasa ahora? – Al fin, sus ojos se encontraron con los de su amiga.

- Quiero escribir una carta a mi prima pero, no sé que ponerle. – Apartó la mirada. – Ella siempre me escribe dicharachera, feliz. Contándome alguna de sus barbaridades diarias. – Su sonrisa desapareció. – Me habla de mis tíos, de mi abuela, de un joven muchacho que ha conocido y yo… - Humedeció sus labios. – Yo no sé qué contarle. Sólo me salen tristezas.

- Son tus ganas de complicarte, amiga. – Le dijo. – Lee esas hermosas líneas que tu prima te escribe otra vez más. Pero bien leídas. – Recalcó. – Y sólo el encontrar ese cariño que ella trata de trasmitirte en un papel te hará escribir maravillas. – Le guiñó un ojo. – Ya verás.

- No tienes remedio, ¿lo sabías? – Bromeó.

- Pues ya somos dos. – Susurró volviendo a enfrascarse en el libro que reposaba en sus manos.

Aurora meneó la cabeza volviendo a sonreír. Dio un pequeño pellizco a Elena en el hombro, haciendo que una pequeña risa saliera de sus labios. Ambas amigas se dedicaron una última mirada antes de que Aurora subiera a su cuarto. Allí, sentándose en la mesa en la que tantas horas de estudio pasaba, releyó la carta de su prima antes de coger un par de hojas de papel y aquella pluma que, en otro de sus cumpleaños, le había mandado María. Tomó aire, buscando las palabras exactas que plasmar en aquel papel.

Querida María,

no encuentro palabras para agradecer todo el cariño que me envías siempre que puedes. Me niego a que te hagas la modesta por los hermosos pendientes que me mandaste y que, sin duda, como te prometí, llevo puestos. Del mismo modo que ahora uso para escribirte la bonita pluma que, también, vino de tu parte. Y yo me siento incómoda con tanto agasajo, con tanto cariño tuyo cuando no tengo como compensarte.

Me alegra saber por ti que, en Puente Viejo, las cosas van bien. Después, sin duda, del susto inicial que sufrí cuando recibí tu anterior misiva, contándome lo ocurrido con la gripe. Respiro tranquila al saber que te encuentras más que recuperada y que ninguno de nuestros seres queridos ha sufrido tal grave enfermedad. Como también me congratula el hecho de que mi abuelo Raimundo haya vuelto de las Américas. Junto a esta carta te mando una pequeña nota que espero, le hagas llegar.

Por aquí, todo está bien. Aburrido, como siempre, pero, ¿qué se puede esperar de un internado lleno de religiosas aburridas? Hoy, casualmente, pareció cambiar mi rutina cuando me crucé en los campos con un joven bastante arrogante. Tenía unos ojos azules y grandes, y una bonita sonrisa, pero todo fachada, prima. Tonterías de jóvenes galantes que creen que sirven para conquistar muchachas.

Cuida mucho de mis tíos, en especial, de mi querida tía Soledad. Mándale a Rosario cientos de besos de mi parte y también a don Anselmo, que aunque me lo refirieras hace unas semanas, también lo echo de menos a él por más cabezota que se ponga en pensar lo contrario. Dile a mi padre que estoy bien y a ese tal Gonzalo, que se ande con cuidado, no se las vaya a ver conmigo si se pasa de listo. Recuerda contarme más cosas de él si hay nuevas.

Tu prima Aurora que te quiere.

P.D.: No dejes de llevarle a mi madre flores en mi nombre.


Leyó la carta una vez más, asegurándose de que nada faltaba. Después, la dobló con cuidado, metiéndola en el sobre y cerrándola. Puso las señas pertinentes, el sello. Suspiró echándole un último vistazo y la dejó sobre la mesa. Mañana por la mañana la mandaría en la diligencia que pasaba por el internado para entregar o recoger el correo.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#14 01/12/2012 - 20:50
Miri tu historia está genial. Me suscribo a ella, y más al ver que el que yo creo que se lía con Aurora se llama como yo. Espero el próximo capítulo.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#15 09/12/2012 - 20:35
Perdonad la tardanza pero entre unas cosas y otras, al final no he podido. Os pongo un trozo y luego más tarde otro. Espero que os guste aunque sea algo breve.

La inquietud dominaba por completo a Gonzalo. Caminaba nervioso de un lado a otro. No podía dejar de pensar en su hermana Aurora tras aquella carta que María había recibido apenas unos días atrás. La sentía triste y monótona en aquellas líneas. O así se lo había trasmitido la joven Castañeda cuando le leía las letras de su prima, sin ánimo alguno. Como si conociera demasiado bien que escondía realmente aquel papel. Como si debajo de aquellas palabras hubiera una fina capa de tinta de limón que ocultaba realmente su contenido.

Había quedado aquella misma tarde, a las seis, con María. Su cabeza desde incluso el envío de la misiva de María, había estado bullendo un plan que no dudaría en llevar a cabo. Era una locura de la que no sabía si saldría impune pero, al menos, haría el intento. Sonó de pronto, haciéndolo ponerse más nervioso, la puerta. Eran algo más de las seis cuando miró el reloj antes de abrir. Ante él, María.

- Ya era hora. – la reprendió.

- ¿A qué esos humos? Apenas si llego cinco minutos más tarde de lo acordado. – Bufó ella. – Doña Dolores me entretuvo en la plaza y no tenía modo de deshacerme de ella. Además, ni que llevar los paquetes a la parada de postas corriera tantísima prisa. Hasta las ocho no cierran y apenas si son las seis.

- El tema es que sí corre prisa porque dentro de media hora saldrá la diligencia de La Puebla.

- ¿Te marchas? – Preguntó, tal vez, con demasiada preocupación.

- Sí pero sólo por unos días. – Suspiró algo nervioso. – Da la casualidad de que un joven amigo que hice en las Américas vino a España hace años y está en la Capital así que, para distraerme un poco, pensé en visitarlo.

- ¿Un amigo? – Repitió. - ¿Y qué amigo es ese?

- Pues… - Titubeó. – Un amigo, María. Un amigo. – Le dio la espalda, incapaz de aguantarle la mirada. - ¿Me das esos paquetes o no?

- Está bien. – Se rindió al fin. – Llévalos con cuidado que son prendas muy delicadas.

- ¿Son presentes para tu prima? – Preguntó extrañado. – Pensé que su cumpleaños había pasado hace ya unas semanas.

- Son de mi madrina para ella. – Confesó. – Lo que sucede es que llegaron con retraso de París y no los pude enviar antes.

- Pero, si son de tu madrina, ¿por qué pone que los envías tú?

- Eso ya no es de tu incumbencia, Gonzalo. – Respondió con rapidez. - ¿No has dicho que tenías prisa?

- Cierto. – Sonrió. – Dile a don Anselmo el por qué de mi ausencia y que me perdone por no habérselo dicho pero es que, surgió esta misma mañana. – Mintió. – Hasta pronto, María.

- Adiós. – Se despidió con suavidad, tocando su brazo izquierdo de forma breve pero lo suficientemente palpable como para que ambos cruzaran sus miradas, inquietos.

Dos nuevas sonrisas se posaron en sus labios para despedirse de nuevo. Gonzalo cogió el pequeño petate que había preparado y, raudo, abandonó la casa parroquial para llevar a cabo su locura, aunque temiera ser descubierto.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#16 09/12/2012 - 22:50
Siiigue sigue , me encanta , que estará tramando Gonzalo? Jajaja aunque sí es para traer a Aurora de vuelta , sin problemas :)
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#17 10/12/2012 - 01:11
- ¡Aurora! ¡Aurora! – la dulce pero potente voz de Elena resonaba por todo el tercer piso. La joven muchacha casi corría en dirección a su cuarto deseando encontrar allí a su amiga. Por suerte, no erró. – Al fin doy contigo. Te estuve buscando en el comedor, la biblioteca, los jardines, la cocina…

- Y, ¿por qué no miraste aquí primero? – La interrumpió mientras se giraba hacia ella. – Sabes que siempre subo arriba después del desayuno para admirar los campos desde la ventana.

- Sinceramente, no pensé en ello. – Suspiró agotada, dejándose caer sobre su cama. – Sólo quería anunciarte que las hermanas ya han dicho cuando vendrá el párroco para nuestra confesión mensual.

- Lo veo algo tan absurdo. – Meneó la cabeza. – ¿Cómo pretenden que pequemos aquí?

- A veces la forma de pensar también es pecado. – Insistió ella, defendiendo la labor de las hermanas por permitirles la confesión cada mes.

- Sigue pareciéndome absurdo. – La contradijo. - ¿Y si no tienes nada qué decir?

- Sólo no tienen nada que decir las herejes como tú. – Bromeó, lanzándole un pequeño cojín.

Aurora sonrió traviesa, dispuesta a contraatacar pero el relinchar de un caballo detuvo su venganza contra Elena. Dejó caer el cojín, casi olvidando que lo tenía entre sus manos, y se asomó por la ventana. Apenas atisbó el lomo de un caballo oscuro. Se dirigió de nuevo a su amiga.

- Ha venido alguien, Elena. – Le dijo entusiasmada.

- ¿Quién? ¿El carruaje con el correo? – Preguntó extrañada. – Pero, si ya vino antes del desayuno. No puede ser…

- No es el correo. – La interrumpió. – Es un caballo. Intuyo que con su jinete pero no he podido ver mucho desde la ventana. – Quedó pensativa. – Tal vez es ese párroco que dices.

- No puede ser. – Negó con la cabeza. – La Hermana Ansunción dijo que vendría en unos días. Aún estamos a mediados de septiembre.

- Tal vez se ha adelantado por cualquier motivo. – Dijo Aurora, intentando buscar una explicación a aquel recién llegado. - ¿Por qué no bajamos a averiguarlo?

- Creo que es una gran idea… - Susurró Elena.

Ambas muchachas caminaron en silencio con intención de llegar a la planta baja. Deseando saber quién había llegado al internado. En la puerta, un joven con sotana conversaba con Sor Visitación. Portaba un par de paquetes entre sus manos y sonreía amablemente.

- ¿Y cómo es que no vino en la diligencia de la mañana? – Preguntó por tercera vez la profesa, sin fiarse del todo de aquel muchacho.

- Ya le dijo, hermana. – Repitió él. – En Puente Viejo las cosas andan algo retrasadas, como en cualquier pueblo perdido de la mano de Dios. – Bromeó sin mucho éxito. Tosiendo después al ver que el semblante de la religiosa no variaba. – Estos paquetes requerían llegar a su destino y, por deseo de María Castañeda, familiar de una de sus jóvenes huéspedes, me tomé la molestia de ser yo quién hiciera llegar estos paquetes aprovechando que tenía que realizar un viaje a la Capital.

- Entonces, ¿viene de parte de María Castañeda? – Preguntó de nuevo. Aún recelosa.

- Así es. Vengo a entregarle a Aurora estos regalos que, por desgracia, se retrasaron pero que al fin llegaron. – Sonrió. Dicen que más vale tarde que nunca, ¿no?

- Sí. Eso dicen. – Contestó seria. – Padre Gonzalo, ¿verdad?

- Don Gonzalo, prefiero. – La corrigió. – Aún soy un humilde diácono. Ese calificativo me hace más importante de lo que en realidad soy en la labor de nuestro señor.

Sor Visitación siguió escrutándolo de arriba a abajo. Extrañada por su presencia. Jamás nadie había venido a visitar a Aurora pese a las tantas cartas y los muchos presentes que le habían llegado. Aquello le hizo mirar una y otra vez a Gonzalo, sin terminar de creer sus palabras. Decidió, tras largos minutos, dar por verídico lo que decía pero puso un límite, pese a aquella decisión.

- Gracias por la molestia de llegarse hasta aquí desde Puente Viejo, nada menos. – Sonrió. – Si quiere, puede comer aquí y marchas después. Su caballo estará exhausto e intuyo que usted también.

- Me siento muy agradecido. – Contestó entusiasmado al pensar que todo empezaba a salir tal cual había planeado.

- Deme los paquetes que yo se los haré llegar a Aurora. – Extendió los brazos para tomarlos.

- ¡No! – Gonzalo los aferró con fuerza y, tal vez, habló con un tono demasiado elevado. – Me gustaría entregárselos yo mismo.

- No creo que sea necesario, don Gonzalo. – La religiosa, sin saberlo, acababa de desmoronar las ilusiones del joven. – Yo me encargaré.

Gonzalo, viendo imposible acceder más allá de la entrada en aquel momento, decidió darse por vencido y tendió los paquetes a Sor Visitación. Al tiempo que preparaba las palabras adecuadas para marcharse de allí en aquel mismo instante. ¿De qué servía quedarse si no podía verla como había ideado? Lo mejor era volver ya. Aunque lamentara que el viaje hubiera sido en balde.

Aurora y Elena acababan de llegar a la entrada y observaban al recién llegado hablando con su querida profesa. Ambas se miraban intrigadas por el visitante. Elena se dispuso a acercarse sin ningún pudor a la entrada para saludar al recién llegado. Curiosa. Aurora trató de detenerla tomándola del brazo y dedicándole una mirada cuanto menos amenazadora. Sin embargo, aquella joven no se rendía y, sin tan siquiera pedir permiso, cogió con fuerza la mano de su amiga y la arrastró sin remedio a le entrada. Allí, sus cuchicheos fueron escuchados por Sor Visitación y Gonzalo que giraron sus cabezas para contemplarlas.

- ¿Qué hacéis aquí las dos? – Preguntó la Hermana.

- Discúlpenos, Sor Visitación. – Habló Elena. – Escuchamos que conversaba con alguien y veníamos a presentar nuestros respetos al recién llegado. Pensamos que es el párroco que nos va a dar confesión, ¿me equivoco?

- De todo punto, Elena. – Respondió la hermana.

- ¿Tan mayor me cree señorita? – Intervino Gonzalo. – Sólo soy un simple diácono y, en estos momentos, también mensajero.

- ¿Mensajero? ¿Y qué mensaje trae? – La voz de Elena se percibió curiosa.

- En realidad traigo esos mismos paquetes. – Señaló aquellos que llevaba Sor Visitación. – Son para una joven de este internado.

- ¡Vaya! – Exclamó la muchacha de cabellos dorados. - ¿Has oído, amiga? – Susurró a Aurora, que se escondía prácticamente tras ella.

- ¿Me tienes miedo? – Preguntó Gonzalo, tal vez, con demasiada osadía pues sintió los ojos de la profesa clavándose en su nuca.

- No. – Contestó al fin Aurora. – Simplemente que, presiento, - Dirigió su mirada a Elena. – que mi querida amiga ya ha hecho el recibimiento pertinente.

- No seas maleducada. – Dijo Elena, dándole un codazo. – Preséntate anda.

- Mi nombre es Gonzalo Valbuena. – Extendió la mano, dispuesto a enlazarla con la de ella.

- Aurora Ulloa Molero. – Tomó su mano, agitándola en señal de saludo. – Un placer.

Ambos jóvenes rompieron su contacto mientras un incómodo silencio se instalaba en la sala. Sor Visitación revisaba que nada raro hubiera en aquellos paquetes, asegurándose de que todas las señas eran correctas y, curiosa, Elena se acercó a ella para husmear. Mientras tanto, Gonzalo y Aurora seguían mirándose sin parpadear. La joven se sintió extraña ante su presencia y él, en lo más profundo de su ser, supo reconocer, ya no sólo por su nombre, a quién tenía frente a él. Y, si existían dudas, la profunda mirada de aquella joven, que recordó de hace ya muchos años atrás, las disipó al instante.
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#18 10/12/2012 - 08:42
Que encuentro tan bonito por como lo has descrito, deseando leer la continuación artista :)
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#19 10/12/2012 - 13:24
Aurora permanecía sentada en su cama con la mirada perdida en algún punto de la habitación mientras Elena, fascinada, observaba el par de vestidos que había recibido de parte de aquel forastero llamado Gonzalo Valbuena.

- Son preciosos, Aurora. – Meneó la cabeza. – De la mismísima France. – Puso un cómico acento francés. – Hay que ver el buen gusto que tiene tu prima María. Te quedarán fabulosos.

- Sí. Son bonitos. – Se limitó a decir. – Aunque poco los disfrutaré estando encerrada aquí.

- Aurora… - Suspiró Elena, cansada de su semblante triste. - ¿Te has fijado en ese tal Gonzalo? – Trató de distraerla. – Es guapo, ¿verdad?

- Elena, ¿te has dado un golpe? – La miró como si se hubiera vuelto loca. – Es un cura.

- Diácono, amiga. – La corrigió. – Y, que yo sepa, eso no es ser cura. Bien podría abandonar el camino del señor cuando quisiera. Además, me he percatado de que te miraba con mucho interés. – Comenzó a reír.

- Definitivamente, te has dado un golpe en la cabeza. – Se puso en pie, dirigiéndose al pasillo.

- ¡Espera! – La llamó Elena. - ¿Dónde vas ahora?

- Voy a recoger plantas silvestres como cada mes. – Explicó. - ¿Me acompañas?

- Ni hablar. – Negó con la cabeza de forma exagerada. – Ya fui una vez y me llevaste más allá del árbol caído. Casi me da un ataque de la caminata que nos pegamos.

- Blanda… - Susurró.

Aurora salió del cuarto y sintió, al cerrar la puerta, como algo chocaba contra la madera. Rió al pensar en el enfurruñamiento de su amiga y acudió a la cocina. Allí, le entregaron la cesta que llevaba todos los días que salía al campo. Acudió, pese a aquella rutina, a pedir permiso a la Madre Superiora. Teniéndolo, salió al exterior, respirando el aire fresco de aquella comenzada tarde.

Apenas llevaba unos minutos caminando cuando sintió las escuelas de un caballo tras ella. Se detuvo, girándose al instante para contemplar a aquel diácono, subido en la montura del bello animal. Bajó sin soltar palabra alguna. Ambos volvieron a mirarse como en el momento de su presentación. Gonzalo volvió a recordar a alguien en los ojos de Aurora, ella, en cambio, volvió a sentirse incómoda ante su escrutinio.

- ¿Se marcha ya? – Preguntó ella, rompiendo aquel silencio.

- Sí. Me espera aún más viaje. – Sonrió. - ¿Y usted? ¿Le llegaron sanos y salvos los presentes de su prima?

- Son unos vestidos muy bonitos. – Contestó. – Dígale a mi prima que se lo agradezco mucho y que, la próxima vez, se escabulla para venir ella a traérmelos.

- Sin duda le haría mucha ilusión. – Confesó sin apartar sus ojos de ella. – Y, ¿es mucha indiscreción si le pregunto dónde va?

- Me dirijo a la zona más silvestre del bosque para recoger algunas plantas y flores. – Le explicó, señalando el camino que tomaría.

- ¿Le importa…? - Titubeó. - ¿Puedo acompañarla? No me vendría mal algo de tranquilidad antes de tomar de nuevo camino.

Aurora asintió sin mediar palabra y le dio la espalda a Gonzalo. Caminó deprisa, seguida por él y el caballo de éste. No tardaron demasiados minutos en llegar a un pequeño río poblado por peces igual de pequeños. El agua era clara y muy fresca. Alrededor de aquel riachuelo, cientos de árboles frondosos y muy verdes adornaban aquel hermoso paraje. Y también flores y hierbas de muchos tipos, las cuales, Aurora recogía con tiento, introduciéndolas poco a poco en la cesta que portaba.

Gonzalo se limitó a contemplarla hacer. Después, la observó sentarse en un gran tronco que descansaba sobre el terreno, atravesando el río. Ató su caballo cerca de allí y se sentó a su lado, de forma silenciosa. Temiendo que ella se levantara buscando su lejanía. Pero no lo hizo, simplemente, cerró los ojos disfrutando de aquello que la naturaleza compartía.
- Disfruta de esto, ¿verdad? – Preguntó con timidez.

- Me encanta pasear y disfrutar de los campos. Aquí son muy bellos. – Le dijo.

- En Puente Viejo también lo son. – Habló. – Aunque admito que no los he escrutado todos.

- Yo apenas los recuerdos así que no sabría decir si son más bellos estos parajes o aquellos, sinceramente. – Confesó con tristeza. – Por cierto, – Gonzalo la miró de pronto al sentir tanto interés en sus últimas palabras. - ¿le ha sucedido algo a don Anselmo?

- ¿Por qué…? – Calló, mirando su atuendo y meditando un instante hasta que comprendió el cariz que tomaba aquella pregunta. - ¡Oh, no! Don Anselmo está perfectamente. Yo sólo estoy de paso en Puente Viejo. Pronto me ordenaré sacerdote y marcharé. Él me instruye para que me habitúe a los métodos religiosos en las parroquias españolas.

- ¿Acaso no es de España? – Se atrevió a preguntar. – Si es así, le felicito por ocultar también su acento porteño.

- Soy español. – Le dijo con una sonrisa. – Lo que sucede es que marché a las Américas cuando era apenas un niño y, prácticamente, me he educado allí aunque nací en España.

- ¿Y sus padres? – Preguntó, tomando confianza en aquella charla. - ¿Se marcharon de aquí para buscar fortuna en la tierra de las oportunidades? – Sonrío. – Mi abuelo lo hizo y, al parecer, le fue muy bien.

- Yo soy… - Calló, sin saber muy bien qué decir. – Soy huérfano. Mis padres murieron cuando era un niño pequeño y me dejaron a cargo de una religiosa que me llevó a América. – Agachó la cabeza, algo avergonzado por su mentira. – Sobre su abuelo… - Trató de cambiar de tema. – He tenido el gusto de conocerlo y sólo puedo decir que es un hombre extraordinario.

- Seguro que lo conoce mucho mejor que yo. – Dijo casi sin voz.

- Lamento si la he incomodado de…

- ¡No! – Lo cortó. – No se aflija. No es por algo que haya dicho usted. Es por lo que pienso yo día a día. – Suspiró. – Estar en un internado encerrada prácticamente todos los días de los últimos diez años te permite pensar con tranquilidad. – Mordió su labio inferior. – A veces pensar no es demasiado bueno. Hace daño.

- Seguro que su padre puede explicar por qué la tiene aquí. – Se atrevió a decir, intentando justificar a Tristán.

- ¿También ha conocido a mi padre? – Preguntó con ironía. – Que raro. No es de dejarse ver mucho por el pueblo. Es bastante… - Pensó detenidamente un calificativo. – Peculiar.

- Es un hombre con mucho dolor a sus espaldas pero tiene un buen corazón. – Insistió él.

- Ya… - Susurró. – Bueno, será mejor que vuelva o Sor Visitación me echará los perros.

Aurora se puso en pie, sin ánimo de continuar aquella charla. Gonzalo la siguió y, en silencio, ambos caminaron de regreso al internado, deteniéndose en el mismo punto en el que cual se habían cruzado en su camino de ida.

- Espero que tenga un buen viaje, Gonzalo. – Tendió su mano.

- Ojalá la vea pronto por Puente Viejo, Aurora. – Aferró su mano con fuerza, no queriendo separarse de ella. – Me alegrara mucho.

- Ojalá. – Repitió al tiempo que retiraba su mano. – Adiós.

- Hasta pronto. – Le corrigió él con una bonita y pequeña sonrisa en sus labios.

Aurora fue la primera en apartar la mirada, girándose y regresando al internado, sin tan siquiera darse la vuelta un instante. Gonzalo dejó al fin deslizar una lágrima por su mejilla, observando a su pequeña hermana alejarse. Montó en el caballo y caminó de regreso a Puente Viejo. Justo en ese momento, Aurora paró en la entrada, girándose, justo a tiempo para poder ver a aquel joven tan extraño. Y su curiosidad por él aumentó cuando lo vio tomar el camino que llevaba de regreso a Puente Viejo y no a la Capital, como él mismo había referido cuando llegó, cruzándose en su camino por primera vez.
 
Re: El Secreto de Puente Viejo. 16 años después.
#20 10/12/2012 - 16:50
Miri, precioso, me emocionas cada vez!!!!! aunque ya sabía de lo que eras capaz de hacer, una raipaquista de pura cepa!!!