PRÓLOGOSentada en el alféizar de la ventana contemplaba aquella fría mañana. Se encontraba en su habitación. Sola. Aquella habitación que había sido su casa durante 10 años de su vida. Pensó que pasaría más tiempo en aquel lugar pero ese día todo había cambiado.
La voz de las primeras hermanas, llamando al resto de muchachas a desayunar, retumbaba en sus oídos suavemente. Las oía traquetear por el pasillo. Más de un motor se escuchó de pronto. Miró ligeramente hacia abajo. Los profesores empezaban a marcharse en sus automóviles para regresar a sus hogares.
Unos suaves golpecitos en la puerta de su cuarto la hicieron abandonar la vista del paisaje que se presentaba ante sus ojos. Se puso en pie, recta, alisando su vestido, azul marino y blanco, sencillo pero distintivo de cierto montante económico.
- Adelante. – Su voz sonó suave permitiendo el paso a quién hubiera llamado.
- Ya marcho a casa. – Una joven muchacha, refugiada bajo un delicado abrigo de piel, se acercó a ella. – La Hermana Superiora me ha dicho que ya no vas a volver al internado.
- Así es. Hoy mismo me voy. – Habló sin mucho entusiasmo.
- Seguro que todo sale bien. Ya verás. – Sonrió amable, abrazándola poco después. – Te deseo unas felices fiestas, amiga.
- Y yo a ti. Saluda a tus abuelos de mi parte y dales las gracias por los bombones que me enviaron en mi cumpleaños. – Pidió, tomando las manos de su compañera.
- Lo haré, descuida. – Un nuevo abrazo selló aquel momento. – Adiós.
La joven recién llegada volvió a salir por la puerta, dirigiendo una última mirada al interior antes de marcharse. Una Hermana del internado entró en su lugar, volviendo a interrumpir la paz de la muchacha, que había vuelto a mirar hacia la ventana. Los primeros copos de nieve de aquel día caían, impregnando aún más blanco en los prados.
- Es la hora. – La mujer, vestida con un hábito oscuro, se pronunció pasados unos segundos.
- Lo sé, hermana. – Suspiró, cerrando un instante los ojos y mirando su dormitorio.
En aquel momento, un par de mozos entraron, tomando unas maletas que había junto a la puerta. Desaparecieron con ellas y la mujer de más avanzada edad volvió a pronunciarse.
- ¿Estás lista?
Un leve asentimiento de cabeza sirvió como respuesta. La joven se endosó su abrigo gris y caminó hacia el pasillo seguida de aquella religiosa. Llegaron a la entrada. Pudo comprobar el gélido aire cuando éste golpeó sus mejillas. Se arrebujó más en la calidez de su abrigo. Un toque en su espalda la avisó de que debía subir al automóvil. Negro, situado a escasos metros de la puerta principal del internado.
Junto a la Hermana que la acompañaba, sintió cerrarse la puerta y encenderse el motor. Era hora de volver a casa después de tantos años.