Re: Confía en mí
#1 
05/06/2012 - 21:19
CONFÍA EN MÍ
Aquella madrugada, la melancolía irrumpió en la alcoba de Margarita Hernando, como casi todas las noches en las que los desvelos y los sueños rotos palpitaban a su alrededor. Suspiró y se incorporó en el lecho. El dolor aún latía por sus venas, a pesar del tiempo transcurrido, de la distancia que ella se había impuesto, a pesar de los dolorosos recuerdos… No podía olvidarle. Salió de la habitación y subió los peldaños que le conducirían al altillo de la casa. Abrió la portezuela por la que se salía al tejado. Se sentó, arrebujándose en su mantilla e intentó alejar aquellos pensamientos que tanto le martirizaban. Sin embargo, la luna la miró y le habló con su plateada y envolvente voz:
-Nunca podrás olvidarle, Margarita…
-¿Por qué? –le preguntó ella, temblándole el labio inferior.
-Porque tu alma y la suya son una.
Un sollozo escapó de su garganta y su mano derecha acarició con ternura su abultado vientre. ¡Su hijo crecía ajeno a su tristeza! El hijo de Gonzalo, aunque él nunca lo sabría…
Diez meses antes, en la Villa corría un incesante rumor acrecentado por insensatos y borrachos. Según contaban en las plazas, en los corrales de comedias y en las posadas, Blake, el odiado pirata que había osado desafiar al imperio español, había regresado de los infiernos para acabar con el reino de su majestad, el rey Felipe IV.
En el barrio de San Felipe, los temerosos vecinos hablan y se persignan con el miedo anidando en sus pupilas. Blake había sido ejecutado por los hombres del Comisario, sus huesos debían de estar pudriéndose en alguna tumba, entonces… ¿Por qué le habían visto cerca del Prado de San Isidro o en las mediaciones de la Plaza Mayor?
-Dicen que sus cabellos ardían como el fuego y que vomitaba serpientes por la boca… -comentó Cipri, santiguándose varias veces.
-A mí me dijeron que un vecino de la Villa se perdió en el bosque, y que ese demonio inglés le sacó las tripas cuando le tocó la barriga… -manifestó Tomás, el hijo del herrero-. Esta mañana tenía que haber ido por allí, pero…
Gonzalo de Montalvo miró a Sátur y ambos se sonrieron. Si supieran la verdad… Realmente, Blake había vuelto a la Villa, pero con una única intención: recuperar a su esposa. Ahora Mariana y él navegaban rumbo a Las Antillas donde establecerían su hogar.
El cambio que se produjo en Margarita fue evidente cuando Gonzalo le contó quien era en realidad la que ellos llamaban Claudia, y la relación de amistad que había mantenido en el pasado con el esposo de ésta. En un principio, Margarita le recriminó su poca confianza, sus silencios, los malentendidos… Pero después comprendió su actitud, y se disculpó con su cuñado porque ella también había actuado mal, mostrándose arisca e impertinente con aquella mujer. Ambos se perdonaron y la tranquilidad tornó al hogar del maestro.
-Los fantasmas, Cipri, no existen –dijo Gonzalo posando sus manos en los hombros de su amigo-. A los muertos se les entierra y ya está.
-¿Y ya está? Entonces… ¿Y esas historias que cuentan por la Villa sobre aparecidos? Mucha gente los ve, Gonzalo.
-Eso sólo son patrañas, Cipri. En cuanto a Blake… ¿No lo ejecutaron?
-Sí, pero…
Sátur intervino en la conversación.
-Haz caso a mi amo, Cipri. El Bleis está bien muerto y enterrao. Lo otro son chismes de viejas.
-¿Va a venir, padre? –gritó desde el callejón Alonso.
-¡Ya voy, hijo! Bueno, me tengo que ir. Los niños me esperan en la escuela.
-Yo voy a acercarme al puesto del Basilio, que ayer me prometió que me guardaría las patas y los pescuezos de cuatro gallinas para hacer caldo. Alonsillo, su cuñá y usted, amo, se van a chupar los dedos. –Rió, provocando la sonrisa en Gonzalo.
-Después te veo, Sátur. –El criado asintió-. Y vosotros estad tranquilos… -habló, mirando a Cipri y a Tomás-. No creáis todo lo que se dice por ahí. A más ver.
-A más ver, Gonzalo –le contestaron Cipri y el hijo del herrero.
Cipriano se rascó la cabeza, y luego suspiró.
-Pues yo sí que creo en aparecidos… -murmuró, volviendo a santiguarse.
En el palacio de la marquesa de Santillana, Catalina y Margarita recogían la alcoba de la noble. El ama de llaves dejó las sábanas de hilo francés encima del lecho y después habló a su amiga:
-Pero vamos a ver, alma de cántaro, ¿no te explicó ya Gonzalo quién era esa mujer?
-Sí, Cata. Pero…
-Pero, ¿qué?
-Que no hay confianza entre nosotros. ¿Por qué no me dijo antes que entre Claudia y él no había nada? Yo creí que ella era su nueva mujer y…