Aún recuerdo aquel programa en forma de tortura china televisada donde el objetivo de los concursantes era partirse la crisma y el de los espectadores partirse la caja. Y vaya si lo conseguía... Era sádicamente entretenido disfrutar con aquellos hombrecillos japoneses mientras se daban cabezazos con puertas que no se abrían o costalazos cayendo de un puente, entre otras lindezas. Todo ello adornado con nuestros particulares comentaristas: Juan Herrera y Miguel Ángel Coll –hijo de-. Soberbios en sus ácidas e irónicas narraciones, en sus bautizos de las pruebas –“El laberinto del Minotauro”, “Los rollitos de primavera”...- y, sobre todo, con su mítico Chino Cudeiro.
Pero en fin, que se me va la olla. Aquel amarillo chillón –entiéndase el doble sentido del concepto- no era el único que triunfaba en nuestras pantallas. Ya por esa época la Televisión nos demostró que el amarillo también era sinónimo de humor al otro lado del mapamundi, en Estados Unidos. Más concretamente en una ciudad del Estado de... –lo siento, tengo prohibido revelarlo- y que responde al nombre de Springfield. Por lo visto, allí todos los habitantes son amarillos y únicamente tienen cuatro dedos en cada mano. Por lo demás, son bastante humanos o humanoides, según el caso –vamos, como nosotros-.
Tras unos inicios en La 2, en la última década Springfield se ha hecho un hueco en San Sebastián de los Reyes, a la altura de Antena 3. Han pasado los años, han pasado las temporadas e incluso han pasado de sus seguidores mareándoles con insufribles repeticiones, pero la audiencia de 'Los Simpsons' se ha mantenido maritalmente fiel. Rendidos a la evidencia, cuentan las malas lenguas que sus rivales televisivos se quisieron unir al enemigo. Parece ser que Anne Igartiburu estuvo a punto de ser la nueva vecina y amiga de Marge, pero ésta lo impidió por los celos que le despertaron el atractivo de la presentadora. Y Fernando Olmeda e Hilario Pino quisieron presentar los informativos del Canal 6, pero la vivacidad de Kent Brockman y su Emmy siguen siendo intocables.
Está claro que estamos ante un producto atemporal. Es capaz de emitirse todos los meses del año sin descanso, llegar Agosto, seguir en antena y conservar una audiencia incansablemente millonaria. ¿Por qué?
Hablando pronto y mal, porque es una serie cojonuda. Hablando tarde y bien, porque es irreverente sin caer en el chiste fácil, es transgresora sin llegar a ser burda, es sorprendente sin resultar desconcertante... y sobre todo es divertida, muy divertida. Con el paso de los años sus diálogos frescos, originales y mordaces se han multiplicado. Incluso los personajes, a pesar de ser garabatos planos a la orden de la pluma del dibujante, transmiten sensaciones y pensamientos únicamente con su rostro y su mirada, sin necesidad de decir nada.
La familia protagonista se complementa como un puzzle. Homer es el cabeza de familia o de chorlito, según el momento. Es mítico aquello de, “rosquillaaas... aaah”, mientras descuida una gota de saliva que se desprende al vacío por la comisura de sus ¿labios? No es el esposo perfecto, ni el padre perfecto, ni el amigo perfecto. A decir verdad, su auténtico amor lo profesa hacia la cerveza y la comida. Pero todo se le perdona porque de bobalicón que es, es un buenazo. Por contra está Marge, su mujer a la par que antítesis: la esposa perfecta, la madre perfecta, la ama de casa perfecta... y seguramente también sería la amiga perfecta si no fuese porque carece de vida propia. Sus ratos libres los dedica a sufrir, padecer, condenar y perdonar las locuras y estupideces de su marido.
Bart cumple a rajatabla el prototipo de niño televisivo: gamberro hasta el absurdo, el más popular de su clase, el jefe de su cuadrilla y un auténtico tocapelotas para su familia. No obstante, nunca tendrá mejor compañero de travesuras que su propio padre. Y Lisa, idealista y soñadora, tiene la cruz de haberle tocado en desgracia unos familiares que le hacen parecer más inteligente de lo que por sí ya es... como para no creérselo. Vive a la sombra de su hermano mayor y ya no llaman la atención ni sus rutinarios sobresalientes.
Pero esta familia no sería lo mismo si no estuviese rodeada del resto de habitantes de Springfield porque 'Los Simpsons' son, ante todo, una serie coral. Hay personajes principales, hay personajes secundarios, hay cameos y hasta hay personajes esporádicos con una personalidad propia tan marcada y carismática que resultan tan importantes como los demás. Todos ellos se cuentan por decenas, pero si me tuviese que decantar por uno sería Abe, el abuelo –desternillante cada vez que se queda sopa en medio de una frase-.
En 'Los Simpsons' todo forma parte del episodio, incluyendo los créditos iniciales. En ellos tanto la escena del sofá como las frases de castigo de Bart son siempre diferentes. Es por ello penoso, rayando lo sacrílego, que Antena 3 obvie el trabajo que supone crearlo y lo elimine sin más -aunque luego siempre haya tiempo para que el niño malo salga escribiendo en la pizarra “visitaré www.antena3.com”-. No es por nada, pero si me dan a elegir prefiero las “tizadas” originales del tipo de: “no eructaré el himno nacional”, “mi trasero no merece un sitio web”, “no vi nada inusual en la sala de maestros”... Cuestión de gustos.
PS: No soy como Homer, yo no me olvido de Maggie. STOP. Silenciosa, observadora, discreta, encantadora, peligrosa, inocente, misteriosa... STOP. Y, sobre todo, ese chupete... ese chupete y esos ojos que me intrigan, me desvelan y que parece que me quieren decir algo. STOP. No hay duda Maggie, eres mi favorita. STOP.
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